Historia 5°

LA GUERRA FRÍA, LAS NUEVAS FORMAS DE DEPENDENCIA Y LAS LUCHAS ANTICOLONIALES

La Guerra Fría y la coexistencia pacífica.

La Guerra Fría es un modelo de relaciones internacionales que se desarrolló después de la II Guerra Mundial y que se basaba en el enfrentamiento entre los dos bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue un enfrentamiento tenso aunque nunca se llegó a una confrontación bélica entre ambas potencias. La rivalidad se puso de manifiesto en una serie de conflictos bélicos en zonas alejadas de ambos países.

La guerra de Corea: tras la II Guerra Mundial el norte fue ocupado por tropas rusas y el sur por tropas americanas con el compromiso de crear un único país. Tras la retirada de de ambas potencias el país quedó dividido en dos. En 1950, Corea del Norte (con apoyo soviético) invadió a Corea del Sur. En 1953 finalizó la guerra y Corea quedó dividida en dos.

Guerra de Vietnam: Indochina era colonia francesa. Los comunistas proclamaron la independencia del territorio, algo que Francia no aceptó iniciándose una guerra. La URSS apoyó al Vietminh. Francia se retiró en 1954 y quedando dividido el país en Vietnam del Norte (comunista) y Vietnam del Sur (prooccidental). Para evitar la reunificación bajo el régimen comunista EEUU apoyó a Vietnam del Sur. La guerra finalizó en 1975 y fue la primera gran derrota de Estados Unidos. Vietnam quedó unificada bajo un gobierno comunista.

La crisis de los misiles (1962): en Cuba había una dictadura encabezada por Batista. Esta dictadura contaba con el apoyo de EEUU. Fidel Castro inició un movimiento revolucionario que culminó en una dictadura comunista y en la socialización de numerosos bienes de ciudadanos americanos. EEUU declaró un boicot económico a Cuba que recibió el apoyo de la URSS.

La Unión Soviética decidió instalar misiles en Cuba dirigidos hacia Estados Unidos. Los americanos reaccionaron estableciendo un bloqueo marítimo para impedir la llegada de los misiles. La tensión fue máxima, pero Kruschev y Kennedy alcanzaron un acuerdo por el que EEUU se comprometía a no volver a invadir la isla y la URSS se comprometía a no instalar los misiles.

El conflicto de Afganistán: en 1979, Afganistán fue invadido por la URSS. EEUU no quiso intervenir directamente pero dio su apoyo a los talibanes hasta que la URSS abandonó el país en 1989. Con la salida de la URSS accedieron al poder los fundamentalistas islámicos. El 11 de septiembre de 2001 se produjo el ataque a las Torres Gemelas lo que desencadenó la invasión de Afganistán por parte de EEUU ya que consideraban que en el país se entrenaba a terroristas.

La mirada de Eric Hobsbawm sobre la Guerra Fría

La Guerra Fría fue el sistema de relaciones internacionales imperante desde 1945 a 1991 entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la URSS, en constante tensión y la división del mundo en dos bloques: el capitalista y el comunista.

Las Fases de la Guerra Fría


Hay muchas clasificaciones de periodicidad de la Guerra frìa, la más extendida es la que ubica tres fases:


a) Una de máxima tension (1947-1953 ó 57), en la cual se destacan dos crisis:
1) La crisis de Berlín. En 1948, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia unieron sus administraciones y crearon la República Federal de Alemania (RFA). La Unión Soviética no lo aceptó y bloqueó Berlín occidental, que estaba rodeado por la zona soviética. El bloqueo fracasó porque los aliados abastecieron por aire la ciudad. Como respuesta, en su zona, la URSS creó la República Democrática Alemana (RDA).
2) La guerra de Corea. Tras la derrota de Japón, Corea había sido dividida en una zona norte comunista y una zona sur capitalista. En 1950 el gobierno comunista invadió Corea del Sur. La ONU condenó la invasión y aprobó una intervención liderada por Estados Unidos. Sin embargo, China apoyó militarmente a Corea del Norte. En 1953 se firmó la paz y se mantuvieron las fronteras de 1950.


b) La coexistencia pacifica con algunos conflictos (Misiles cubanos, 1962 y Vietnam 1968-1975). En 1961 el gobierno de Berlín Oriental construyó el Muro de Berlín para evitar la huida masiva de su población a la zona occidental.
En 1962 Estados Unidos descubrió que se estaban instalando misiles soviéticos en Cuba, y decretó el bloqueo naval de la isla para impedir la llegada de los misiles. Finalmente, para evitar la guerra, la URSS accedió a desmantelar las bases. El peligro fue tan alto que se iniciaron conversaciones y en 1968 se firmaron los primeros acuerdos de no proliferación nuclear. En 1962 Estados Unidos intervino en la guerra de Vietnam. La presión de la opinión pública obligó al gobierno a retirarse en 1973.

c) Unrebrote de la Guerra Fría con Ronald Reagan en la presidencia de Estados (1981-1989 )

Desde 1977 la URSS desplegó misiles nucleares en sus zonas de influencia en Europa y Asia, y aumentó su presencia en el Tercer Mundo interviniendo en Etiopía, Angola, Mozambique y Afganistán. Por su parte, Estados Unidos desplegó misiles en Europa occidental y diseñó el Proyecto de Defensa Estratégica o «guerra de las galaxias». La caída del Muro y la desintegración de la URSS en 1991 supusieron el final de la guerra fría.
El fin del período coincide con la ascension de Gorbachov , Secretario General del Partido comunista de la URSS (PCUS, 1985-89) y Presidente ejecutivo de la URSS, 1989-91. Este origina dos procesos complementarios: la Perestroika y la Glasnot.


La Guerra Fría: un mundo con dos sistemas de confrontación de baja intensidad

LA GUERRA FRÍA COMO PROCESO MÁS AMPLIO

La Gran Alianza formada por EEUU, la URSS y el Reino Unido consiguió derrotar a los fascismos europeos y el expansionismo japonés, pero empezó a resquebrajarse antes incluso de que las tropas aliadas ocuparan Berlín. Dos años más tarde, los Aliados habían roto su amistad.
Se iniciaba la Guerra Fría, un largo período de rivalidad (1947-1991) que enfrentó a EEUU y la Unión Soviética y sus respectivos aliados, y que determinó las relaciones internacionales durante casi medio siglo.
La Guerra Fría se libró en los frentes político, económico y propagandístico. No hubo un enfrentamiento directo militar entre las dos superpotencias nucleares: EEUU y la URSS. Un conflicto de ese tipo hubiera llevado a un verdadero holocausto nuclear en el planeta. Sin embargo, múltiples guerras en otros escenarios jalonaron el período. En prácticamente todos estos conflictos, las dos superpotencias y sus aliados apoyaron diplomáticamente y armaron a los contendientes.

1.- El mundo se divide en bloques: 1945-1955

En los diez años posteriores al fin de la segunda guerra mundial, el nuevo mundo de la guerra fría terminó por desplegarse. 
Por un lado, Stalin aceleró el establecimiento de dictaduras comunistas en la Europa central y oriental y configuró un bloque político y militar que en 1949 se vio crucialmente fortalecido con el triunfo de la revolución comunista en China y con el estallido de la primera bomba atómica soviética.
La guerra fría, que se había iniciado en Europa en torno a la partición de Alemania en dos estados antagónicos, se desplazó hacia Asia donde provocará importantes conflictos bélicos
La partición de Alemania y la guerra de Corea mostraron al mundo una nueva realidad: la división en dos grandes bloques liderados por EEUU y la URSS. En adelante, cada bloque defendió su zona de influencia frente al avance del bloque contrario. 
Estados Unidos toma diversas medidas para asentar su influencia mundial. En primer lugar, reforzó sus lazos con Europa Occidental: en 1949 nació la OTAN, Organización del Tratado del Atlántico Norte, la gran alianza militar del bloque occidental hasta nuestros días. En segundo lugar, Washington impulsó el proceso de la integración europea que culminó en 1957 con el nacimiento de la Comunidad Económica Europea. Finalmente, EEUU tejió una amplia red de alianzas antisoviéticas por todo el mundo.
El bloque soviético se reforzó con la victoria de Mao Zedong en 1949. La URSS firmó acuerdos militares y de cooperación con la China comunista de Mao.Finalmente, en 1955, nacía el Pacto de Varsovia, alianza militar que unió a la URSS con todos los países europeos del bloque comunista con la excepción de Yugoslavia.

2.- La descolonización

Una de las principales consecuencias de la segunda guerra mundial fue el proceso de descolonización. Las antiguas posesiones de los imperios coloniales europeos accedieron a la independencia política en un contexto internacional marcado por la guerra fría. 
La descolonización se desarrolló de forma muy desigual. Hubo países donde las metrópolis se dieron cuenta de la imposibilidad de mantener imperios coloniales en la segunda mitad del siglo XX y accedieron a la independencia de forma pacífica como Marruecos o Túnez, emancipaciones logradas de forma violenta como en Indonesia o Vietnam y países que nacieron en medio de gravísimos enfrentamientos entre comunidades religiosas como fue el caso de musulmanes e hindúes en India y Pakistán.

3.- El mundo capitalista y el mundo comunista

Tras acabar la segunda guerra mundial, un pequeño grupo de países consiguió combinar una economía de mercado avanzada y un sistema político democrático. Al frente estaba Estados Unidos, la gran potencia económica y militar. A su lado, Europa Occidental, que pese a perder sus imperios coloniales, mantuvo un importante crecimiento económico que le permitió construir un generoso estado del bienestar (seguridad social, educación gratuita, pensiones...); y Japón, un país que tras Hiroshima supo protagonizar un verdadero "milagro económico" que le llevó a convertirse en la segunda potencia económica mundial. Otros países de cultura anglosajona como Canadá, Australia o Nueva Zelanda terminaban de conformar el mundo desarrollado y democrático.
Mientras tanto, la URSS de Stalin consiguió exportar el modelo político y económico soviético a las zonas de Europa central y oriental conquistadas por el Ejército Rojo. Estos países fueron denominados "democracias populares" por los comunistas.
No fue, sin embargo, en Europa donde la expansión comunista llegó más lejos. El triunfo del ejército de Mao Zedong en la guerra civil permitió que China se uniera al bloque soviético en 1949. Corea del Norte y Vietnam del Norte también establecieron regímenes inspirados en la URSS. Tras la ruptura chino-soviética en los años 60, los dos colosos comunistas emprendieron caminos muy diferentes
El modelo soviético constituyó a la larga un gran fracaso económico lo que finalmente llevó a la caída del comunismo en las "democracias populares" en 1989 y a la disolución de la propia URSS en 1991. El modelo chino supo reconvertirse en un inédito modelo de capitalismo bajo dictadura comunista e iniciar un vertiginoso crecimiento económico.

4.- El proceso de unidad europeo (1945-1992)

Europa necesitó dos guerras mundiales, que destrozaron el continente y acabaron con la hegemonía del continente en el mundo, para darse cuenta del peligro del nacionalismo extremo que había llevado a estos dos conflictos. 
En los países de Europa occidental, con sistemas democráticos y economías de mercado, se extendió la convicción de la necesidad de iniciar un proceso de unidad que evitara los conflictos de épocas anteriores y posibilitara la integración económica. Este proyecto contó con el decidido apoyo de EEUU desde un principio.
La Comunidad Económica Europea (CEE) nació en 1957 con los tratados de Roma. En adelante, el continente inició un proceso de integración con dos características esenciales: 
La paulatina cesión de competencias de los estados nacionales a favor de las instituciones europeas, especialmente en el terreno económico.
La continua expansión de la Unión Europea, nuevo nombre que recibió la CEE en 1992, con la admisión de nuevos estados miembro. De la Europa de los Seis en 1957 se ha pasado a la Europa de los Veintisiete en 2007.
El proceso de integración europeo ha pasado por fases muy variadas y contradictorias en las que se ha alternado períodos de avance en el proceso de unidad con períodos de estancamiento y "euroescepticismo".


Un mundo repodrido y dividido en dos

La Segunda Guerra Mundial apenas había acabado cuando la humanidad se precipitó en lo que sería razonable considerar una tercera guerra mundial, aunque muy singular; [...]. La guerra fría entre los dos bandos de los Estados Unidos y la URSS, con sus respectivos aliados, que dominó por completo el escenario internacional de la segunda mitad del siglo XX, fue sin lugar a dudas, un lapso de tiempo así. Generaciones enteras crecieron bajo la amenaza de un conflicto nuclear global que, tal como creían muchos, podía estallar en cualquier momento y arrasar a la humanidad. En realidad, aun a los que no creían que cualquiera de los dos bandos tuviera intención de atacar al otro les resultaba difícil no caer en el pesimismo, ya que la ley de Murphy es una de las generalizaciones que mejor cuadran al ser humano ("Si algo puede ir mal, irá mal"). Con el correr del tiempo, cada vez había más cosas que podían ir mal, tanto política como tecnológicamente, en un enfrentamiento nuclear permanente basado en la premisa de que sólo el miedo a la "destrucción mutua asegurada" (acertadamente resumida en inglés con el acrónimo MAD, "loco") impediría a cualquiera de los dos bandos dar la señal, siempre a punto, de la destrucción planificada de la civilización. No llegó a suceder, pero durante cuarenta años fue una posibilidad cotidiana. La singularidad de la guerra fría estribaba en que, objetivamente hablando, no había ningún peligro inminente de guerra mundial. Más aún: pese a la retórica apocalíptica de ambos bandos, sobre todo del lado norteamericano, los gobiernos de ambas superpotencias [los Estados Unidos y la URSS] aceptaron el reparto global de fuerzas establecido al final de la segunda guerra mundial, lo que suponía un equilibrio de poderes muy desigual pero indiscutido. 

Hobsbawm, E. "La Guerra Fría", en Historia del Siglo XX, Crítica, Barcelona, 1995, pág. 230. 

https://www.mediafire.com/file/uqka55tthvkh193/cap.8_guerrafria-eric-hobsbawm_%281%29.pdf/file

POPULISMO

En discusiones políticas y en los medios, el concepto "populismo" suele mencionarse como una amenaza. Sin embargo no existen en el mundo movimientos que así se autodefinan. El historiador Ezequiel Adamovsky hace un recorrido cronológico sobre el término, arrancando en la Rusia de 1800, pasando por América Latina e incluyendo el sentido positivo que le dio Ernesto Laclau. ¿Sirve una categoría que se le puede aplicar tanto a la coalición de izquierda griega de Syriza como a sus enemigos del movimiento neonazi? Anfibia entra de lleno en el debate académico: cree el autor, "como concepto para entender la realidad, el populismo se ha extinguido".

Por todas partes se habla del "populismo" en los debates políticos y en los medios. No hay día en que no leamos columnas en la prensa norteamericana, europea o de América Latina que nos adviertan sobre alguna amenaza "populista" en algún lado, de Venezuela a Grecia, de España a Argentina. Incluso dentro de los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser "populistas". Es como si fuera una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar del todo cómo se ha expandido tanto. ¿Pero qué quiere decir "populismo"? ¿Existe realmente una "amenaza populista" que esté afectando a las democracias de todo el planeta?

En las décadas de 1960 y 1970 algunos académicos retomaron el término lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el Peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México. A pesar de que algunos de estos académicos valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo era el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista. En este sentido, se medían con la vara implícita de las democracias "normales" (es decir, liberales) del Primer Mundo.

Así, en el mundo académico el concepto de "populismo" mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo. Para la década de 1970 "populismo" podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una "ideología de resentimiento" que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.

Para complicar incluso más las cosas, el filósofo post-marxista Ernesto Laclau propuso un sentido más para nuestro término, completamente diferente a todos los anteriores. La influyente obra de Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de "lucha de clases", entendida como una oposición binaria fundamental que se generaba por la propia naturaleza de la opresión de clases, por la idea de que en la sociedad existe una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes. En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares van a confluir como una opción unificada contra la ideología del bloque dominante. El plano político tiene un papel fundamental a la hora de "articular" esa diversidad de antagonismos. Y los discursos aquí son fundamentales, ya que son ellos los que "articulan" las demandas diversas, produciendo un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados. Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca, antes que un sujeto político pre-existente. En esta visión política, la articulación de un Pueblo en oposición al bloque dominante, es decir, el ordenamiento de una variedad de demandas en una oposición binaria, es fundamental para la "radicalización de la democracia" (una expresión que, para Laclau, tenía un sentido positivo). En uno de sus últimos trabajos, Sobre la Razón Populista (2005), Laclau utilizó el término "populista" para nombrar ese tipo particular de apelaciones políticas que recortaban un Pueblo en oposición a las clases dominantes. "El populismo comienza -escribió- allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante". Pero en verdad esa etiqueta no era indispensable. Laclau podría haber llamado al estilo específico de apelación política que le interesaba de otro modo, por ejemplo, "popular-democráticas" o alguna otra variante, en lugar de "populistas". Pero el hecho es que decidió llamar a eso "populismo", con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el "populismo" era el nombre de la necesaria y esperada "radicalización de la democracia". Como consecuencia de la propuesta teórica de Laclau, por primera vez algunos referentes e intelectuales de ciertos movimientos políticos (por caso el kirchnerismo en Argentina y Podemos en España) comenzaron a llamarse "populistas" a sí mismos, desafiando de ese modo el sentido común según el cual ser "populista" era algo malo. Y a su vez, eso alimentó a los liberales, dándoles más motivos para creer que existe una "amenaza populista" acechando la ciudadela de la democracia.

El término "populismo" tenía entonces una dinámica expansiva ya en sus usos académicos. Pero al volverse de uso común, especialmente en las últimas dos décadas, se descontroló completamente. Casi cualquier cosas puede ser llamada "populismo" en la prensa de hoy. "Populista" se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. Algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos no se alinearon con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Venezuela, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Brasil son o han sido atacados por la amenaza "populista" que proyectan sobre las democracias de la región.

De toda esta proliferación de significados, uno creería al menos entender que, comoquiera que uno lo defina, el "populismo" es un fenómeno político. Pero sin embargo las cosas no son tan sencillas. Porque economistas como Rudiger Dornbusch y otros opinan que existe también un "populismo macroeconómico", según el cual son "populistas" aquellos que tienen una mirada económica que "prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado". Este "populismo macroeconómico" parecería referir entonces a un tipo específico de políticas económicas. Y sin embargo, en los debates recientes cualquier tipo de comentario o idea que no sea total y completamente amigable hacia los empresarios recibe el mote de "populista". La Cámara de Comercio de los Estados Unidos declaró recientemente que son "populistas" todos los que tratan de "eliminar el sistema de capital libre y abierto." A Obama se lo acusó de serlo sólo por decir que le gustaría que los millonarios paguen un poquito más de impuestos. El Wall Street Journal llamó "populista" a Hilary Clinton porque dijo que el Congreso debería "enfocarse en la creación de empleo y en los ingresos de las familias de clase media". Eso era todo lo que el diario necesitaba escuchar. De hecho, para ese períodico, la mera preocupación por el tema de la "desigualdad de ingresos" es síntoma de la enfermedad del "populismo" (porque los ingresos de cada cual son un asunto privado, claro).

Bien entonces. El "populismo" es un fenómeno político y también económico. ¿Así sería? Lamentablemente la saga continúa. Porque a todo lo anterior hay que agregar la idea que presentó hace tiempo Jim McGuigan, adoptada luego por muchos otros, según la cual existe también un "populismo cultural", que sería aquél que valoriza la cultura popular por sobre otras formas de cultura "seria". Está visto: el "populismo" ha penetrado todas las áreas de la vida social.

En todos estos usos variados, "populismo" parece poco más que un latiguillo que busca dar credibilidad conceptual a nociones más antiguas y menos sofisticadas, como "demagogia", "autoritarismo", "nacionalismo" o "vulgaridad". Se utiliza con frecuencia simplemente para desacreditar ciertas ideas o decisiones de política económica heterodoxas, asociando a las personas o gobiernos que las llevan adelante a cosas desagradables, como el nazismo o la xenofobia. Para decirlo en otras palabras, "populismo" es un término que mete en una misma bolsa cosas que no pertenecen a un mismo conjunto y, al mismo tiempo, crea barreras mentales que nos impiden comparar cosas que son perfectamente comparables. ¿Por qué se agruparía bajo una misma etiqueta a los gobiernos sudamericanos que están construyendo la UNASUR y que en general tienen leyes benignas para la inmigración, con los xenófobos y racistas de la derecha euroescéptica? ¿Por qué aplicar impuestos a los ricos es "populismo" si lo hace un gobierno latinoamericano, pero sólo una medida "socialdemócrata" si lo hace Noruega? ¿Por qué las medidas económicas de Perón eran "populistas" pero el New Deal de Roosevelt -en el que Perón se inspiró- era apenas "keynesiano"? ¿Así que la corrupción y el patronazgo son rasgos populistas? ¿Entonces por qué en España lo son los muchachos de Podemos, pero no los corruptísimos del Partido Popular? Suele asociarse a Argentina con Venezuela como dos formas extremas de "populismo".

"Populismo" se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado. Su valor como concepto para entender la realidad, si alguna vez lo tuvo, se ha extinguido. En los usos actuales, puede referir a una familia de ideologías, a una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, a un estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética o a un tipo particular de apelación política. Todo eso mezclado y sin ninguna claridad analítica. "Populismo" funciona obviamente como término peyorativo, orientado a desacreditar a quienes se lo aplica. Pero más importante que eso: se supone que las categorías con vocación taxonómica deben agrupar fenómenos sociales similares para hacerlos más comprensibles. No hay nada malo en ello -de hecho es algo fundamental -, pero a condición de que se agrupe a los fenómenos según los rasgos propios que posean. Como categoría taxonómica, "populismo" hace exactamente lo contrario. El único rasgo que comparten todos los fenómenos que son catalogados con esa etiqueta no es algo que son, sino algo que no son. Se los agrupa no por sus rasgos en común, sino simplemente porque ninguno de ellos (cada uno a su modo y por motivos diferentes) se corresponde con el tipo de movimientos, estilos, políticos o políticas que los liberales occidentales tienen a apreciar. En los debates actuales, "populismo" significa no mucho más que ser amistoso con la clase baja -sea en términos de políticas concretas o simplemente de manera discursiva- o tomar medidas (o tener "estilos") que desagradan a las élites políticas, económicas o culturales. Porque, supongamos por un momento que manifestar cercanía hacia la clase baja fuera algo que se aparta de los ideales de las democracias "normales", esto es, las que supuestamente dejan que el "pluralismo" oriente una negociación cordial de todos los intereses sociales, sin preferencia por ninguno. Y supongamos que tal desviación fuera tan importante que requiriera todo un concepto para nombrarla: no es "democracia" sino "populismo". Aceptemos todo eso por un momento. ¿Cómo es entonces que no hay un concepto, una taxonomía específica, para nombrar la desviación opuesta, es decir, las ideas, actitudes, estilos o políticas que manifiestan cercanía con las clases altas y producen desagrado a las clases bajas? ¿Cómo es que tal apartamiento del ideal del pluralismo es simplemente una de las variantes aceptables de la democracia y no reclama una etiqueta especial que nos advierta sobre el peligro que implican? En la ausencia de respuesta a esas preguntas, la pretensión normativa del concepto de "populismo" queda perfectamente clara.

Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que "el populismo" no existe. No hay ninguna "amenaza populista" al acecho de nuestras democracias. De hecho, no hay una sino varias amenazas que pesan sobre la vida democrática. Y también existen varios modelos de democracia posibles. "Populismo" nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado la democracia liberal (la única que merece ser llamada "democracia") y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, "populismo" nos invita a cerrar filas alrededor de la democracia liberal (es decir, una democracia de alcances limitados tal como gusta a los liberales) para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas y cualquier otra cosa sospechosa. Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos "populistas" hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales.


El simulacro

En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: «Mi sentido pésame, General». Éste, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: «Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible.» Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.

En Jorge Luis Borges, El Hacedor (1960) 

Juguetes


El primer regalo del que tengo memoria debe haber sido aquel camión de madera que mi padre me hizo para un cumpleaños. No me gustó y no lo usé nunca quizá porque lo había hecho él y no se parecía a los de lata pintada que vendían en los negocios. Muchos años después lo encontré en casa de uno de mis primos que se lo había dado a su hijo. Era un Chevrolet 47 verde, con volquete, ruedas de retamo y el capó que se abría. Las ruedas y los ejes seguían en su lugar y las diminutas bisagras de las puertas estaban oxidadas pero todavía funcionaban.
Mi padre se daba maña para hacer de todo sin ganar un peso. En San Luis construyó una casa en un baldío de horizonte dudoso, cubierto de yuyos y algarrobales. El gobierno de Perón le había dado un crédito para vivienda y él se sentía vagamente humillado por haberlo merecido. Nunca supe cómo hacía para ocultar su condición de antiperonista virulento, de yrigoyenista nostálgico en los tiempos del Plan Quinquenal. En cambio yo me criaba en aquel clima de Nueva Argentina en la que los únicos privilegiados éramos los niños, sobre todo los que llevábamos el luto por Evita.
En el día de Reyes, que para colmo es el de mi cumpleaños, el correo regalaba juguetes a los chicos que fueran a buscarlos. Muñecas, trompos, una pelota de goma, cosas de nada que los pibes mostraban a la tarde en la vereda. Por más peronistas que fuéramos, a los hijos de los "contreras" se nos notaba la bronca y el orgullo de ser diferentes. A mi padre no le gustaba que yo hiciera cola en el correo para recibir algo que él no podía comprarme. Por eso me hizo aquel camión con sus propias manos, para mostrarme que mi viejo era él y no el lejano dictador que nos embelesaba por radio y aparecía en las tapas de todas las revistas.
Pero a mí el camión no me gustaba y a escondidas le escribí una carta al mismísimo General. No recuerdo bien: creo que en el sobre puse "Excelentísimo General Don Juan Domingo Perón, Buenos Aires". En casa siempre había estampillas coloradas con la cara de San Martín así que despaché la carta y enseguida me olvidé. Para remediar su fracaso con el camión, mi padre me compró un barquito verde y blanco que no funcionó nunca pero del que me acuerdo siempre. Como no tenía hermanos, nadie me lo disputaba y pasaba horas haciéndolo navegar. Me acomodaba bajo la copa de un árbol para protegerme del terrible sol puntano y allí imaginaba aventuras tan buenas como las que traían El Tony, Fantasía y Rayo Rojo. No sé, creo que unas veces yo era Tarzán y otras el Corsario Negro conduciendo, intrépido, a sus sesenta valientes.
El tiempo parecía interminable entonces. Ser mayor era tener diecisiete años y ésa era la edad de mis héroes en el momento de combatir o de amar. Y allí íbamos, Tarzán, el Corsario, Kit Carson y yo, en busca de una rubia suave y maternal que se esfumaba en las sombras de nuestra noche imaginaria. No sé quién era; tal vez Lana Turner, Evita, o la radiante esposa del bicicletero de la esquina. Creo que hacíamos con ella algo inconfesable y delicioso, mecidos por la brisa de la tarde o azotados por el torbellino del viento chorrillero. Entre tanto, mi padre ocultaba el pasto que habíamos puesto para que comieran los camellos de los Reyes Magos. Recuerdo que lo seguí a hurtadillas aquella noche en que me regaló el camión y lo vi arrojar el pasto por encima de la tapia.
Era un tipo de voz temible, mi padre; de gestos dulces y reflexiones amargas. Nada de lo que a él le gustaba me interesaba a mí. Amaba las matemáticas y leía gruesos libros llenos de ecuaciones y extraños dibujos. Me hablaba del Congreso y sus facultades cuando para mí sólo contaba el general. Me daba pena verlo soñar con una máquina de fotos, una Leica que nunca podría pagar. A medida que crecíamos y nos enterábamos por el cine, el Corsario, Tarzán, Kit Carson y yo distinguíamos por la trompa un Chevrolet 37 de uno del 35, un Ford A del 30 de otro del 31.
Una mañana se detuvo frente a casa un Buick con tres hombres de sombrero. Lo buscaban a mi padre y él salió presuroso, con el pucho entre los labios. Llevaba el único traje que tenía para ir a la oficina y sólo Dios sabe cómo hacía mi madre para tenérselo siempre listo. La imagen de mi padre (alto, pelo blanco, idéntico a las fotos de Dashiell Hammett) me es indisociable del cigarrillo en los labios. Lo dejaba consumirse ahí, y se estaba horas mirando un libro de logaritmos, acompañado por una voluta de humo que flotaba hacia la lámpara.
El Buick arrancó y yo supe enseguida que era un modelo 39. Para el Corsario y Kit Carson era del 38, pero yo estaba seguro porque tenía la parrilla más ancha y generosa y atrás la carrocería bajaba en picada disimulando el baúl. Mi madre se quedó en silencio y cuando se ponía así era mejor mantenerse a distancia. No sé por qué, yo me olía plata, la plata que faltaba, la que permitiría que mi padre se comprara la Leica y mi madre cambiara los zapatos. Plata para que me compraran Puño Fuerte y El Tony todas las semanas. Tal vez el Misterix, que era carísimo. "Una fragata", solía decir mi padre, "¡quién tuviera una fragata!". La fragata era el imposible billete de mil y mi padre había imaginado todas las maneras de gastarlo. Ninguna incluía revistas de historietas ni matinés con Dick Tracy y la habitación donde él soñaba se llenaba de voltímetros, catalizadores de células fotoeléctricas y otras cosas tan inservibles como ésas.
Pero tampoco esa vez fue plata. Cuando volvió, a mediodía, mi padre estaba pálido pero sonriente. No se decidía entre el orgullo y la bronca. La ceniza del cigarrillo le caía sobre el banderín azul y blanco que apretujaba con los dedos humedecidos.
- Me dio la mano -le dijo a mi madre y me miró de reojo-. Me dio la mano y me dijo: "Cómo le va, Soriano".
- ¿Y cómo te conoció? -preguntó mi madre, asustada.
- No sé. Me conoció el desgraciado.
En los días de más furia solía llamarlo "degenerado mental", pero aquel mediodía estaba demasiado impresionado porque el General, que iba a Mendoza en tren, se había detenido en la estación de San Luis para saludar a todos los funcionarios por su nombre. Uno por uno, hasta llegar al sobrestante de Obras Sanitarias José Vicente Soriano, responsable de las aguas que consumía la población de San Luis.
Después de aquel apretón de manos, mi padre fingió odiarlo todavía más y por las noches, a la hora de la cena, bajaba la voz como un filibustero listo para el abordaje: "¡No me voy a morir sin verlo caer!", decía, y yo me estremecía de miedo a verlo caer. Corría entonces a mirarlo sonreír en las figuritas, entre Grillo, Pescia, Fanny Navarro y Benavídez y me parecía invencible. Por las tardes, mientras preparaba el barco, veía pasar a la rubia mujer del bicicletero y el mundo de Tarzán, Kit Carson y el Corsario Negro volvía a su orden natural e inmutable.
No sé por qué cuento esto. Me vienen a la memoria un arco y una flecha. Una espada de madera, un autito de carrera y el camión que tanto desprecié. También me acuerdo de la imponente llegada de un camión amarillo. Por fortuna mi padre no estaba en casa. Tocaron el timbre y salió mi madre: -Presidencia de la Nación -dijo un tipo de uniforme.Y bajaron una inmensa caja en la que decía "Perón cumple, Evita dignifica".
Mi madre intuía, azorada, la traición del hijo. "Ya vas a ver cuando llegue tu padre", gruñía mientras yo contaba las diez camisetas blancas con vivos rojos y una amarilla para el arquero. También había una pelota con cierre de tiento y una carta del General. "Que lo disfrutes", decía. Y también: "Pónganle el nombre de Evita al cuadro".
Mi padre quería tirar la carta al fuego. Iba a pasar algún tiempo antes de que Perón cayera y muchos años más hasta que pudiera darse el gran gusto de su vida. Yo ya era grande, vivía en la Avenida de Mayo y él se había venido a Buenos Aires a buscar otro trabajo. Cuando pasó a buscarme traía la Leica envuelta en sedas y con un manual en tres idiomas. Fuimos a un bar y rebosante de orgullo me mostró su juguete. De verdad era precioso. Lentes suizos, disparador automático, qué sé yo. Le pregunté si era muy cara y me contestó con un gesto de desdén. "Vos págame los cigarrillos", dijo.
A los dos o tres meses fui a visitarlo a una ruinosa pensión de Morón y lo encontré nervioso y esquivo. "¿Dónde está la Leica?", le pregunté como al descuido y enseguida me di cuenta de que íbamos a pasar un rato en silencio. Le di un paquete de cigarrillos y cuando se puso uno entre los labios, murmuró: "Se la llevaron ayer, los degenerados... No alcancé a pagar la cuota, ¿sabés?".
Nos dimos un abrazo y nos pusimos a llorar. Mi padre por la Leica y yo por el camión aquel.

Cuentos de los años felices. Osvaldo Soriano, Editorial Sudamericana, 1993. 

Desperonización de la Sociedad Argentina

Proscripción

El 16 de septiembre de 1955, civiles y militares concretaron el golpe de Estado autodenominado Revolución Libertadora, que finalizó con la segunda presidencia de Juan Domingo Perón. A pesar de que el general Lonardi -uno de los líderes del movimiento- proclamó que no hubo "ni vencedores ni vencidos", el gobierno de facto sometió a la mayoría del pueblo argentino en persecuciones, fusilamientos y proscripción política. Perón iniciaría el camino de dieciocho años de exilio y, con el decreto 4161/56, se trataría de desperonizar a la sociedad.

Desperonizar implicaba no sólo prohibir al peronismo de participar en elecciones, quemar sus libros, castigar a quienes tuvieran en su casa una imagen de Evita o de Perón. Desperonizar significaba derogar la Constitución Nacional de 1949, intervenir la Confederación General del Trabajo, echar por tierra las conquistas sociales, económicas y políticas obtenidas por los sectores trabajadores durante el período peronista.

La sociedad quedó dividida en dos grandes grupos: antiperonistas y peronistas. Estos últimos, sin posibilidad de mostrar su existencia públicamente, se fueron auto-organizando en la llamada Resistencia Peronista.

La Resistencia Peronista surgió como un movimiento inorgánico, los militantes peronistas comienzan a nuclearse en los barrios, en los lugares de trabajo y estudio. Las acciones de protesta eran encubiertas, individuales y colectivas y consistían en sabotajes, huelgas, toma de los lugares de trabajo, interferencia a radios para dar a conocer algún comunicado, colocación de bustos de Perón y Evita en los barrios, asalto a comisarías para confiscar armas, pintadas en las paredes con el símbolo V y P . Se llevaron a cabo levantamientos cívico-militares como el encabezado por el general Juan José Valle -fusilado sin juicio previo, como así también a militantes preronistas en los basurales de José León Suárez, en junio de 1956-. También se iniciaron experiencias guerrilleras rurales, como la de los Uturuncos, desarrollada en Tucumán y Santiago del Estero, entre octubre de 1959 y junio de 1960. A partir de 1955, el peronismo representó y canalizó las críticas y la rebeldía contra los gobiernos de facto del período y trató de generar medidas revolucionarias que apuntaban a lograr la democracia y la independencia económica.

Con la connivencia de la dirigencia de diferentes partidos políticos -quienes ya venían participando de un organismo asesor del gobierno de facto, llamado Junta Consultiva Nacional-, los "libertadores" llamaron a elecciones en 1958 en la creencia de que el peronismo había sido debilitado. Ningún partido político protestó ante la proscripción del peronismo, tampoco se negaron a participar de esas elecciones, en la esperanza de poder atraer a sus filas a los trabajadores o de llegar al gobierno y desde allí negociar con ese sector. Así ocurrió con los presidentes Arturo Frondizi y Arturo Illia. Pero cuando desde el gobierno se acercaban demasiado al peronismo, militares y civiles antiperonistas presionaban y daban un nuevo golpe de Estado.

Ejemplo de las presiones durante la presidencia de Frondizi ocurrió cuando los sindicatos, gracias a la Ley de Asociaciones Profesionales, retomaron parte del espacio y poder perdidos y protestaron con movilizaciones y huelgas ante el agravamiento de las condiciones económico-sociales. El gobierno respondió con el Plan de Conmoción Interna del Estado (CONINTES) que permitía al ejército arrestar e interrogar a los opositores.

En 1959, América será conmovida por la revolución cubana, que llevará a Fidel Castro y Ernesto Guevara a controlar los hilos del poder en la isla luego de varias décadas de gobiernos antipopulares y de protectorado estadounidense. Los cambios propuestos atentaban contra los privilegios de los sectores medios y altos de la sociedad cubana y de los capitales transnacionales; esto sumado al acercamiento de Castro a la U.R.S.S., provocó tensiones con los Estados Unidos y transportó al continente americano el conflicto entre EE.UU. y los soviéticos, conocido como Guerra Fría.La revolución cubana inspiró a las juventudes de todo el mundo que aspiraban a la construcción de una sociedad más justa. En América Latina surgieron movimientos populares que pretendieron transformar el modelo tradicional. Propusieron reformas agrarias, sindicalizar a los campesinos -tal el caso de Joao Goulart, en Brasil que cayó producto de un golpe de Estado alentado por Estados Unidos. Situaciones análogas se dieron en el resto del continente. Estos fracasados intentos de dar respuesta a los problemas económico-sociales generaron malestar, incorformismo, resistencia y aumento de la politización en las organizaciones de masas que se desarrollaron y perfeccionaron.

En este contexto, el presidente Kennedy propuso medidas reformistas que contrarrestaban las simpatías de la población estadounidense hacia el socialismo y, en relación a Latinoamérica, su propuesta fue la Alianza para el Progreso, a través de la cual promovió inversiones económicas y tecnológicas de su país que garantizarían el mejoramiento de las condiciones de vida en el continente. Tras el asesinato de Kennedy, se retornó a la tradicional política intervencionista y de apoyo a brutales dictaduras en diferentes partes del globo.

El Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín evidenciaron la preocupación de la Iglesia Católica por la situación de los sectores más carenciados. En Medellín se sentaron las bases de la Teología de la Liberación, que invitaba a los sacerdotes a desarrollar un compromiso político y social optando por los pobres. Surgió un grupo de curas que se distanciaban del habitual soporte social de la Iglesia.
El ejemplo de la toma del poder utilizando la vía armada cundió en Latinoamérica. A partir de 1968, la guerrilla apareció en el ámbito urbano: Tupamaros, en Uruguay; Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en Chile.

En Argentina, el retroceso en los derechos políticos, sociales y económicos que los trabajadores habían conquistado encaminó -sobre todo a los integrantes de la Resistencia peronista y grupos de izquierda- a forjar un fervor revolucionario para alcanzar objetivos bien definidos: liberación nacional y revolución social. Dos objetivos que en la década del '70 serían sintetizados en el concepto de lucha antiimperialista. La Resistencia peronista trabajaba por la concreción de esos ideales y también por el retorno de Perón.

A medida que crecían las medidas antipopulares y la represión por parte del gobierno de facto denominado "Revolución Argentina" (1966-1973), creció la resistencia de algunos partidos políticos, que también fueron desarrollando su brazo armado que generalmente funcionaba desde la clandestinidad. Tal el caso del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) que contaba con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP); también en el movimiento peronista surgieron organizaciones armadas como Montoneros y Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).

En 1971 asumió Lanusse, que veía en la legalización del peronismo la solución a los crecientes problemas -descontento popular, actividad guerrillera, mayor nivel represivo-. Promovió conversaciones con Perón, quien luego de su regreso al país en 1972, auspició la fórmula Cámpora-Solano Lima que se impuso ampliamente en los comicios del 11/3/1973. Cambio con justicia social era la esperanza que el pueblo alentaba.

Clickear en el siguiente link para descargar el texto de Spinelli, M.E., La desperonización. Una estrategia política de amplio alcance (1955-1958), IEHS- UNCPBA- UNMdP.

https://www.mediafire.com/file/3vynusmbu798fos/Spinelli1-desperonizacion.pdf/file 

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