La organización del trabajo en las sociedades capitalistas

24.02.2018


A través de los años la sociedad se ha transformado para adaptarse a un mundo cada vez más mecanizado, pasando así por diversas actitudes y posiciones ideológicas respecto al trabajo como fenómeno social; desde la llamada ética del trabajo en la primera época de la industrialización, hasta nuestros días, viviendo en una sociedad de consumidores y con una clase marginada cada día más pobre.


Zygmunt Bauman en su libro Trabajo, Consumismo y Nuevos Pobres intenta explicar cómo los gobiernos de los países, en su afán de tener un crecimiento económico, han orillado a la gente a someterse a un régimen fabril, anulando sus costumbres, implantando patrones de conducta en las fabricas, los hospicios y los asilos para pobres, dejándole como disyuntiva única trabajar o morir. 
La sociedad ha venido transformando sus valores, hoy en día nada es gratis, todo tiene un costo, nada se da sin pretender recibir algo a cambio, ya no hay amor al trabajo como el que un artesano tenía a sus creaciones, la industria ha convertido al trabajo en una simple rutina disciplinada sin mayor sentido que el de la supervivencia. Así la industria cooptó el trabajo de la gente, y se apropió de su libertad.
La ética del trabajo fue en aquella época sólo un instrumento, el fin era la aceptación de la norma impuesta por la industria, de una existencia precaria con salarios bajos, hacer del trabajo una necesidad, pero a medida de que transcurre el tiempo las necesidades de la gente van cambiando, pasando así de la necesidad de supervivencia, a la de satisfacer sus deseos. 
Así la sociedad productora cambió a consumidora y durante este proceso las relaciones de producción sufrieron grandes transformaciones, los empleos ya no son para toda la vida, ahora son temporales, flexibles. 
El trabajo y la producción no fue lo único que cambió, la gente productora, hoy consumidora, vive individualmente su actividad para aliviar sus deseos, dejándose seducir por sensaciones desconocidas o nuevas, no hay consumo colectivo -afirma Bauman.

En esta comunidad de consumidores, el principio que rige es la estética, dejando atrás a la ética del trabajo, esta sociedad consumidora sólo se preocupa por estar en donde abunden las oportunidades de elegir entre varios productos, admira a la gente que tiene lo suficiente para elegir lo que desee y no lo que esté al alcance de sus posibilidades, ya no se reconoce el trabajo de la gente que ha sobresalido a pesar de vivir en condiciones precarias, sólo se aspira a tener una vida como la gente de elevados recursos, sin preocupaciones. Ser pobre en una sociedad de consumo, es no tener acceso a una vida normal, ser un consumidor frustrado, incapaz de adaptarse y por tanto llevar una vida aburrida, sin libertad de elección, orillándolos así a desafiar el orden y la ley para no aburrirse, - explica Bauman. 

 El autor, profesor emérito de la Universidad de Leeds, Inglaterra, afirma que el Estado benefactor tiene como principal objetivo garantizar una vida digna, mediante el otorgamiento de servicios de educación, salud, vivienda, alimentación y otros, sin embargo la calidad y accesibilidad de éstos reproducen las condiciones para la permanencia de la miseria, proporcionando así a la industria capitalista los futuros trabajadores como una simple mercancía. Estos servicios que brinda el Estado benefactor, son principalmente para la clase marginada, una clase que corresponde a las personas que no realizan ninguna contribución útil para la vida de los demás, a la gente que la sociedad ve con dos sentimientos contradictorios, por un lado les teme y repudia y por el otro les crea por una parte un sentimiento de compasión y misericordia, y por otra, -en esto el autor es implacable- un miedo que llega a estructurar todo un aparato defensivo encauzado en sistemas penales cuya expresión máxima es la pena de muerte, ante la cual los más expuestos son, precisamente, los pobres.

Este libro nos hace reflexionar sobre qué es lo que queremos para nuestra sociedad y nuestra vida personal, no somos tan inhumanos y no hemos perdimos la capacidad de dar, para querer desterrar a la clase marginada, para olvidarnos de que existen seres humanos que necesitan de la ayuda de otros para poder salir adelante, y que necesitan que el Estado actúe como benefactor, que les dé servicios, que funcione como plataforma para el despegue, de otro modo sería Estado sin sustento ni razón de ser ante una industria capitalista cada día con menos demanda de recursos humanos y mayores ganancias millonarias para unos cuantos, que no coincide con el crecimiento económico que se pretende alcanzar.


¿A costa de cuántos valores más se logrará éste crecimiento? Bauman se apoya en otro pensador, C. Castoriadis, y en la observación de la historia, para alentar a la sociedad: «la humanidad puede cambiar como lo ha hecho ya tantas veces».




Las transformaciones en el mundo laboral


El individualismo permeabiliza la sociedad actual e impone a sus ciudadanos la tarea de luchar por la independencia. Con la visión neoliberal plenamente asentada en el contexto occidental, operamos (como sociedad) bajo el supuesto de que la libertad equivale a independencia individual.

es preciso hablar de "una degradación del estatuto del empleo" donde el trabajador corre el riesgo de "quedarse afuera de la sociedad salarial"

En su última obra, El ascenso de las incertidumbres: trabajo, protecciones, estatuto del individuo, Castel profundiza en sus explicaciones sobre esa evolución del contexto laboral hacia un modelo flexible e individualizado, exponiendo claramente la coerción a la que está sometido el individuo contemporáneo. La citada obra está dividida en tres partes: las desregulaciones del trabajo, la reconfiguración de las protecciones y los caminos de la desafiliación. Castel empieza por describir los cambios estructurales que han ido produciéndose a lo largo de los últimos cuarenta años, haciendo hincapié en ese tránsito del compromiso social del capitalismo industrial al riesgo del capitalismo flexible. Hablamos, por lo tanto, de un abandono de los logros conseguidos durante la sociedad salarial para adentrarnos en una sociedad individualizada que paradójicamente, como veremos, va en contra del individuo. Para presentar al lector una visión más amplia del panorama laboral, Castel parte de la Europa preindustrial mostrando como prevalecía un "estado de servidumbre" (p.59). De hecho, y como bien explica el autor, "hasta el siglo XVIII e incluso más tarde, el individuo trabajador no tenía ninguna existencia propia, ningún derecho, ninguna protección vinculada personalmente con él" (p. 64). En este sentido, la jurisdicción del trabajo de la sociedad preindustrial se basa en el sistema de los gremios y las corporaciones. A partir de la Revolución Francesa, el trabajo forzado y la regulación del trabajo se va derogando ya que "el contrato de trabajo es en adelante una transacción entre dos individuos libres e iguales" (p. 65). Con la industrialización de la sociedad y la paulatina intervención por la vía del derecho, "el contrato individual de trabajo fue progresivamente rodeado y atravesado por regulaciones colectivas garantizadas por la ley, cuyos dos pilares están constituidos por el derecho del trabajo y la protección social" (p. 67). De esta manera se sustituye el régimen contractual por un régimen estatutario dando entrada a una sociedad salarial. Así, como hablamos de la ciudadanía política también podemos empezar a hablar de la ciudadanía social que es "un estatuto hecho de derechos y deberes sobre la base de una pertenencia colectiva" (p. 68). Y es que este contexto, donde se desarrolló una colectivización de las relaciones de trabajo, permitió y fomentó en cierta medida el desarrollo personal de los trabajadores y por lo tanto, una existencia más libre. Por otra parte, y según Castel, la sociedad salarial representa una sociedad más cohesionada, ya que los individuos están inscritos en colectivos estructurados. A pesar de los defectos que pudiera presentar, la sociedad salarial supuso la aparición de un modelo más sostenible y menos desigual. A partir de los años setenta esto irá cambiando y el movimiento hacia la descolectivización y el deseo de liberar al trabajador de protecciones y regulaciones llevará al contexto individualista e incierto que nos rodea en la actualidad. Castel explica que hoy en día asistimos a "un deterioro o a una desestabilización de ese acoplamiento entre trabajo y protecciones, cuyos indicios se multiplican (la desocupación masiva, la precarización de las condiciones, la multiplicación de los tipos de contrato, el desarrollo de situaciones entre trabajo reconocido y no trabajo, etc.)" (p.69). En este sentido, es preciso hablar de "una degradación del estatuto del empleo" donde el trabajador corre el riesgo de "quedarse afuera de la sociedad salarial" (pp. 71-72). Por eso existen lo que Alain Supiot denomina zonas grises, donde los trabajadores precarizados o mal pagados apenas subsisten. Y haciendo referencia a esta realidad, Castel sustituye el término "individuos negativos", que había usado en obras anteriores, por la idea de "individuos por defecto". Y es que según el autor los "individuos por defecto" son "aquellos que carecen de los recursos necesarios para asumir positivamente su libertad de individuos" (p. 328).

CASTEL, R. (2010). El ascenso de las incertidumbres: trabajo, protecciones, estatuto del individuo. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires

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